Petra Saviñón
La autora es periodista
La vida moderna y esto es ya harto conocido, trae afanes, rapidez, desconexión de la familia y hasta de los valores. La búsqueda de una mejor calidad de vida para ese núcleo cardinal, roba preciso eso. ¡Qué paradoja!
Así, queda rota la consagración de la entidad que más firmeza requiere, el sostén de la sociedad. La unión de esa medula es despedazada por la falta de tiempo para robustecerla, para hablar con los hijos, para oírles, para abrazarles y regañarles.
Lo peor es que a veces del trabajo que quita esas horas de convivencia queda suficiente dinero para aparentar que el hueco está tapado. Mas, siempre saldrá a relucir que no es verdad y el tamaño puede crecer hasta quedar demasiado evidente.
En otros casos, que son tantos, las largas faenas apenas dejan para supervivir en un espacio en el que la canasta alimenticia es cada vez más inalcanzable y esa y otras necesidades básicas como la salud quedan relegadas.
Nada que decir de la diversión que implique erogar dinero. Absurdo para muchos disponer de un monto, por ínfimo que sea para desahogarse de la agonía, de la rutina estranguladora, generada por el mismo tren que haría elevar el nivel.
Cuántas situaciones insólitas e inauditas, cuánto resquebrajamiento y desgaste de la existencia. Cuántos hogares deshechos porque la cabeza está ocupada en hacer cuartos para mantenerla.
Cunden la desorientación, el escape de esa nebulosa en acciones como consumir drogas, incorporarse a pandillas, la rebeldía manifestada en actos como agredir por cualquier quítame allá estas pajas.
Así no era el asunto de que trabajar dignifica. No refería a cargarse como mulas de labor y de estrés ni a cargar a la familia de distancia.
