María Fals
La autora es crítica de arte
Su historia de las artes visuales se remonta a José Campeche Jordán (1751-1809). Una figura imprescindible en el arte del siglo XIX en Puerto Rico es Francisco Oller (1833-1917)
La isla de Puerto Rico fue descubierta por los españoles en 1493. En 1898 se convierte en territorio colonial de Estados Unidos a través de acuerdos entre España y Estados Unidos de Norteamérica que pusieron fin a la Guerra Hispano-Cubano- Norteamericana.
A partir de 1950, adquiere la condición de Estado Libre Asociado durante el mandato del gobernador Luis Muñoz Marín, quien hizo importantes aportes al desarrollo económico y a la preservación de la identidad cultural puertorriqueña. Puerto Rico nunca ha sido un Estado independiente, pero está conformado por un pueblo maravilloso con rasgos identitarios muy definidos.
Su historia de las artes visuales se remonta a José Campeche Jordán (1751-1809), hijo de un esclavo liberto y retratista de diferentes personajes de la sociedad colonial. Su arte puede identificarse con el rococó, pero con peculiaridades locales, ya que prescinde de lo sensual y del tema del desnudo, característico de ese estilo en Europa. Sus temáticas fundamentales fueron el retrato y el tema religioso.
Una figura imprescindible en el arte del siglo XIX en Puerto Rico es Francisco Oller (1833-1917), discípulo de Couture en Francia, amigo de Pissarro y Cézanne, quien fue capaz de captar el color y la luz del trópico, dando un testimonio fiel del modo de vida de su época. Entre sus obras destacan “El Velorio”, donde describe el rito del baquiní y “La Hacienda Aurora”, con su hermoso cielo azul y sus verdes campos. Oller mezcló el realismo y el impresionismo en un arte inolvidable que mantiene su vigencia.
Ya en el siglo XX se desarrolla el trabajo artístico de Miguel Pou (1880-1968) y de Ramón Fradé (1975-1954). Miguel Pou trabajó con una pincelada suelta de influencia impresionista temas populares, figuras de campesinos y paisajes como “La playa de Arroyo” ( 1957). Ramón Fradé fue discípulo del dominicano Luis Dessangles y tiene una técnica similar a la de Pou. Su obra más conocida es “El Pan Nuestro” (1905) donde muestra a un “jíbaro” puertorriqueño con su sombrero típico, caminando descalzo con un racimo de plátanos en las manos.
A partir de la década del 40 se destaca la llegada de maestros españoles que se marcharon de Europa por los conflictos bélicos. Entre ellos se encuentran Alejando Sánchez, Cristóbal Ruiz y Eugenio Fernández Granell, quien hizo también importantes aportes al desarrollo del movimiento surrealista en la República Dominicana.
En este período el arte se renueva y se vincula a los movimientos de Vanguardia. Se destacan en esta etapa José Olivier, con una tendencia donde predomina el cubismo y Epifanio Irrizarry que trabaja el tema popular y perteneció a grupo Educación para la Comunidad.
Olga Albizu (1924-2005) fue una excelente artista abstracta, quien estudió con Miguel Pou en Puerto Rico y con el informalista Hans Hofmann en Nueva York. Estuvo además en la Grande Chaumiére en París y en la Academia de Bellas Artes de Florencia. Su colorido expresivo crea fuertes contrastes entre las tonalidades cálidas y frías.
En la Generación del 70 se aprecian entre otros, los maestros Antonio Martorell, María Emilia Somoza y Jaime Suárez. Martorrell, con un arte que en la actualidad esta en plena vigencia, es un artista versátil y estudió diplomacia en Georgetown University.
Alumno de dibujo de Julio Martín Caro en Madrid y de gráfica de Lorenzo Homar en Puerto Rico, su obra ha abarcado diferentes temáticas, entre ellas la denuncia social y política, el homenaje a artistas como Magritte y la concienciación en torno a la conservación de la naturaleza.
A partir de los años 80 se desarrolla el arte de Arnaldo Roche Rabell, pintor que se vincula al neo-expresionismo en la temática del retrato y que usa frecuentemente la técnica del frotage, También es significativo el trabajo de Noemí Ruiz, quien se mueve dentro de la abstracción lírica y la geométrica, el de Rafael Trelles que se caracteriza por el contenido simbólico de sus composiciones y el de Enoc Pérez, que busca la captación hiperrealista en sus fotografías, pinturas y monotipos. Una de sus obras más conocidas es “Hotel San Juan. Isla Verde” (2004).
Entre los artistas más actuales se encuentran Ángel Otero, nacido en Santurce, con una pintura al óleo que deconstruye a través de una técnica muy interesante, Chemi Rosado, quien trabaja el mural y el arte comunitario, Sofía Maldonado, también muralista y pintora abstracta, así como Karlo Andrei Ibarra, quien de forma sutil trabaja temas geopolíticos, a los que suma el rescate de la cultura popular.
Una obra altamente significativa de Karlo Andrei Ibarra es la fotografía “Contingente/continente” (2005) donde muestra el continente americano y las islas del Caribe evocando pedazos de carne, para crear una metáfora visual donde lo identitario y de la relatividad de las fronteras son los temas protagónicos.
Mención aparte merece la gráfica y el cartel puertorriqueño, cuyo desarrollo estuvo vinculado a la creación de la División de Educación para la Comunidad (DIVEDCO) en 1949 dentro del Departamento de Instrucción Pública, nacido de la iniciativa de Luis Muñoz Marín, con el propósito de educar a las masas populares y de publicar diferentes materiales educativos.
Entre los creadores de DIVEDCO se encontraban Edwin Rosskan, Jack e Irene Delano. Algunos artistas representantes del cartel puertorriqueño vinculados a esta institución son Lorenzo Homar, Antonio Martorrell, Julio Rosado, Rafael Tufiño, Antonio Maldonado y Féliz Bonilla.
Otras institución que ha promovido el cartel puertorriqueño y la gráfica en general ha sido el Instituto de Cultura Puertorriqueña, creado en 1955 por iniciativa de Ricardo Alegría, con la que ha venido colaborando intensamente la Universidad de Río Piedras. Un hito en la difusión internacional del cartel puertorriqueño fue la Exhibición de carteles de Ontario, Canadá en 1960.
El cartel puertorriqueño se caracteriza por su vincular el arte a su función social, por su alta calidad estética, su colorido y diversidad, su defensa de la identidad nacional y por el “letrismo” a través del cual las letras se convierten en metáforas pictóricas.
La pintura y la gráfica de Puerto Rico son orgullo del Caribe y de Latinoamérica. Sus artistas son fieles ejemplos de cómo a través de la expresión de lo propio el arte de nuestros pueblos puede adquirir un carácter de universalidad y de eterna vigencia.