Petra Saviñón
La autora es periodista
Los accidentes de tránsito en República Dominicana son tan comunes que alarman incluso a la Organización de Naciones Unidas y las autoridades los han definido una emergencia de salud pública.
Es tan alarmante esta pandemia que en solo seis meses lleva 1, 101 personas muertas. Gente que parte de manera inopinada y atroz, que deja familias destrozadas, con impacto en la salud física, emocional y económica.
El dolor deja huellas en ocasiones permanentes, angustia, ansiedad, somatización en males hasta severos, incremento sensible de la pobreza por falta de la cabeza, del generador o generadora de ingresos.
Ante tanta tragedia, llega el Plan Estratégico Nacional de Seguridad Vial, con el que catorce entidades prometen trabajar para crear conciencia sobre la prevención, que incluye el fortalecimiento institucional y una aplicación más severa de la Ley de Tránsito.
Algo debe cambiar para borrar esta nebulosa que termina con planes, sueños y hogares de tantos seres humanos arrastrados por esta siniestralidad. Algún plan debe dar resultados para que cese el llanto por esta causa.
El país, que está en el segundo lugar de los de América Latina y entre los primeros del mundo en accidentes viales, necesita frenar, desacelerar en esa loca carrera que lo marca de modo tan doloroso, tan cruel.
Es hora de sensibilizarnos, de respetar la vida, la propia, la de otros conductores y la de peatones, que con estos, con los de a pie, los que van al volante no olviden su responsabilidad de socorrerlos.
Es de ley y sobre todo de humanismo no dejarlos tirados a expensas de que otros vehículos los maten o si ya perecieron, los destrocen. Parar y auxiliar es una cuestión que no debe siquiera discutirse.
