María Fals
La autora es crítica de arte
Leon B. Alberti (1404-1472) fue la encarnación del criterio humanista de su época. Gran intelectual, conocía la lengua suprema del Cuatrocientos, el latín, con la que escribió sus principales tratados.
Nacido en Génova, Italia, fue hijo ilegítimo de un banquero florentino que no le pudo dejar herencia porque las leyes de la época privaban a los bastardos de esa posibilidad, pero le dejó un mejor legado: una educación amplia y un saber que abarcó, entre otras áreas, las matemáticas, la poesía, la teoría del arte, la arquitectura práctica y la restauración.
Doctorado en derecho canónico en la Universidad de Bolonia, sirvió como secretario de varios Papas, entre ellos Eugenio IV, Nicolás V y Pío II. Redactó tres grandes textos, dedicados al análisis de la pintura, de la escultura y de la arquitectura. Estos fueron: De Pictura (1435), De Statua (1438) y De re aedificatoria (1442-1452).
Este último tratado, De re aedificatoria, fue inspirado en las ideas del gran arquitecto romano Vitrubio, nacido entre los años 80 y 70 A.C. y fallecido en el 15 D.C., del que toma la idea de dividir esta obra en diez libros, el idioma para redactarlos y los principios de firmeza, belleza y utilidad propios de la Antigüedad Clásica.
De re aedificatoria carecía originalmente de ilustraciones. Sus libros son: Lineamenta, donde trata sobre el entorno, el terreno sobre el cual se erige el edificio, la planta, los muros, el tejado, y los vanos o aberturas en los muros. En Materia, su segundo texto, toca el tema del uso de los materiales constructivos. Ya en Opus, se refiere a la necesidad de que la edificación sea sólida, segura e indica las pautas para lograrlo.
En Universorum Opus y en Singulorum Opus, sus libros cuarto y quinto, se refiere a la arquitectura a través del prisma de su utilidad. A partir del libro sexto, hasta el noveno, toca el aspecto del ornamentum o necesidad de belleza, como elemento importante para lograr la armonía entre las partes. En ellos compara la decoración con el ropaje que embellece a un cuerpo desnudo. En el décimo libro, Operum instaratio, se dedica a la descripción de diferentes técnicas para la restauración y conservación arquitectónica.
Las teorías de Alberti se vinculan al análisis de la función social de la arquitectura, siendo esta una actividad donde convergen aspectos científicos y artísticos. Para él, la belleza de un edificio radicaba en el decoro, imbricando en sus reflexiones aspectos éticos y estéticos, considerando implícitamente que la complejidad de lo urbano obliga a una ordenación lógica de las construcciones que las ciudades contienen.
Establece, por tanto, un orden jerárquico en los edificios: el primero, los de carácter religioso y funerario; en segundo lugar, los de función pública, vinculados al bien común, como las plazas, los puentes, las escuelas, los hospitales, entre otros. En un tercer orden, se encuentran las construcciones domésticas o privadas. Así establece la supeditación de lo individual a lo social y a lo sagrado.
De re aedificatoria fue, en sus orígenes, un libro poco leído y comprendido por las personas comunes por no estar escrito en lengua común. Sin embargo, Cosimo Bartoli, en 1565, hizo una traducción que facilitó una edición más comprensible, que incluía gráficos e imágenes y que fue más ampliamente difundida.
Alberti aplicó sus ideas constructivas tanto en la realización como en la terminación, según el caso, de joyas de la arquitectura renacentista como Santa María Novella, la Basílica de San Andrés, el Templo Malatestiano y el Palacio Rucellai, donde utilizó la estructura ternaria, la imitación de los arcos de triunfo romanos, y los órdenes clásicos.
Los principios teóricos de este grande del Renacimiento, en los que la utilidad es el punto de origen para abordar el arte de edificar, y donde se persigue el orden lógico para ser aplicado tanto en lo arquitectónico individual como en lo urbanístico general, sentaron a largo plazo las bases del racionalismo de la arquitectura moderna del siglo XX, el nacimiento de las ideas de Le Corbusier, de Walter Gropius y de Mies Van der Rohe, quienes crearon diseños en los que la forma sigue a la función, donde el caos evoluciona hacia el orden y la medida, en un eterno retorno a las ideas de Aristóteles, de Vitrubio y de Leon Battista Alberti.