María Fals
La autora es crítica de arte
Definir el arte es tarea difícil, pero percibirlo es un acto casi automático e inconsciente. Leerlo y entenderlo ya son tareas más complejas. Amarlo de una u otra forma lo hace todo ser humano.
El arte surge con el artista. Si no hay sujeto creador no nace lo artístico. El arte es el gesto creador de sonidos, imágenes visuales, objetos, movimientos corporales, representaciones y acciones que reflejan el contexto social y psicológico en que fueron elaboradas o simplemente, pensadas.
No todo lo creado es arte, se necesitan otros ingredientes como lo estético, incluyendo todas sus categorías, entre ellas las antinómicas belleza-fealdad, tal vez un toque de espiritualidad, y un concepto que expresar. Lo útil, según Kant filosóficamente reñido con lo bello, fue campo propicio para su surgimiento, al igual que lo mágico religioso.
Definir el arte es tarea difícil, pero percibirlo es un acto casi automático e inconsciente. Leerlo y entenderlo ya son tareas más complejas. Amarlo de una u otra forma lo hace todo ser humano.
¿Quién es el artista? Es un sujeto que crea algo que impacta al espectador, que con su creatividad toca la sensibilidad de los otros, transformando la realidad en algo más significativo, estableciendo un diálogo en el que está presente la satisfacción de las necesidades estéticas de las personas. El artista puede tener un nombre conocido o su recuerdo haberse perdido en el tiempo, aunque su obra perdure.
En la Prehistoria, el arte estuvo muy ligado al pensamiento religioso y a la necesidad de supervivencia, a la caza, al hacha necesaria para cortar, a la vasija neolítica, rudimentariamente decorada. En la Antigüedad egipcia, su espacio se pobló de pirámides eternas, de megalíticos dioses y diosas, de misterios y de significaciones.
En el zigurat, los mesopotámicos colocaron templos y jardines que hoy son recordados como maravillas. Los griegos y los romanos colocaron el arte a escala humana, estableciendo cánones escultóricos que aún perduran como el de Policleto y edificios asombrosos como el Partenón y el Panteón.
Antiguamente, los instrumentos musicales, la flauta y las arpas, el órgano hidráulico, los sonajeros y tambores llenaron el mundo de sonidos armónicos, las representaciones teatrales de la cultura grecorromana mantienen su eterna vigencia ya que tratan situaciones y dilemas morales que perduran en el tiempo.
Ya en el medioevo europeo, la Iglesia se convirtió en el centro universal y espiritual del saber, en el filtro por el que pasaba todo concepto ético y estético. El románico, con sus oscuros monasterios de muros gruesos y más tarde el gótico, con sus luminosas catedrales, bordadas de ventanales de tracería, establecieron una visión de lo artístico en base a lo espiritual.
En el Renacimiento, ese artista anónimo de la Edad Media adquiere un nombre relevante, digno de ser recogido en libros como La vida de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos (1550) de Giorgio Vasari. En sus páginas, se hace referencia a personalidades muy conocidas como Leonardo, Miguel Ángel y Rafael de Urbino. Entre tanto, Sofonisba Anguissola, se convertía en retratista de la corte de Felipe II y Lavinia Fontana desarrollaba la pintura en Bolonia.
El arte renacentista, como toda su cultura, pone al ser humano “como centro y medida de todas las cosas”. No desaparece el tema religioso, sino que se adapta a los nuevos tiempos donde belleza espiritual y anatómica fueron sinónimos. Los murales de la Capilla Sixtina y el Cristo que nos observa de su Juicio Final son excelentes ejemplos que avalan esta afirmación.
En el Barroco, el papel del artista se mantiene en auge, trabajando un arte donde lo religioso y lo monárquico se exaltan como símbolo de poder y permanencia, en el que las líneas curvas y la super decoración nos hablan de fuerzas superiores y divinas en las que estamos inmersos. Bach, Bernini, Borromini, Caravaggio, Rubens, Zurbarán, Pierre Puguet, Artemisia Gentileschi, por solo citar algunos representantes, son paradigmas del artista para todos los tiempos.
En el siglo XVIII, cuando el racionalismo imperó y todo se intentó apreciar a través de la luz de la razón, hubo un campo propicio para el surgimiento de artistas que nos legaron grandes obras como Mozart, David, Ingres, Canova, Soufflot, entre otros, cuyos sonidos, pigmentos, mármoles o muros, nos colman de placer estético.
El siglo XIX fue campo de lucha entre el racionalismo neoclásico, heredado del siglo XVIII, y los nuevos estilos que priorizaban la interpretación individual de los temas. Esto trajo el enfrentamiento del conservadurismo académico de un Ingres con la búsqueda de la libertad creadora de un Delacroix, un Beethoven en tránsito hacia el romanticismo y una nueva luz, basada en la aplicación de los colores complementarios en las pinturas de Monet y de Berthe Morisot.
Las bailarinas de can-can se conocen a través de los retratos realizados por un pequeño-gigantesco cartelista y pintor llamado Henri de Toulouse Lautrec, la montaña de Santa Victoria es vista en todas partes con el prisma pictórico de un “fracasado” llamado Cézanne, antecedente del cubismo.
Un aventurero loco, de nombre Gauguin, abandonó familia y estabilidad económica y se marchó a desarrollar una pintura innovadora en las islas del Pacífico. Estos y otros grandes, como la pintora Hilma af Klint, el escultor Agusto Rodin, el músico Maurice Ravel, el arquitecto Louis Sullivan, revolucionaron la estética vigente y abrieron las puertas de las Vanguardias de la siguiente centuria.
El siglo XX, con sus disímiles concepciones desarrolló un arte contestatario, generalmente feroz, que puso patas arriba los conceptos tradicionales de arte. En un contexto cada vez más abierto a la libertad de creación, un urinario a lo Duchamp pobló las páginas de las enciclopedias, lo feo se volvió bello, lo figurativo voló hacia lo abstracto, lo onírico reinó en la pintura de Dalí, el espacio de un lienzo se llenó de cuadrados y rectángulos de la mano de Mondrian, el derrame de pintura permitió la catarsis de un Pollock, el Pop bailó y pintó, mientras un talentoso Basquiat convertía el grafiti en algo aceptado por las élites.
A finales de ese siglo XX apresurado, de guerras mundiales y locales, de la Liga de las Naciones, de la ONU y de la promulgación de Declaración Universal de Derechos Humanos (1948), el torrente artístico vertiginoso se ralentiza, transformándose en aguas un poco más tranquilas. La Postmodernidad, con su vuelta al pasado, volvió a reciclar los conceptos gestados por Dadá y la estética de la máquina, permitiendo convertir nuevamente las creaciones de la industria en obras de arte exhibidas en galerías.
El arte de Joseph Kosuth, con su silla anodina y sus Cinco palabras en Neón Naranja fueron emblemas del arte conceptual, el alemán Baselitz vuelve con sus figuras al revés al expresionismo de comienzos del siglo XX, Sandro Chía voló sobre la renacentista Génova con su arte de Transvanguardia, el óleo retornó recreando el pasado, mientras nos sumergíamos en el futuro.
¿Y en el siglo XXI? ¿Qué papel puede tener el artista? Uno cada vez más complejo, con todas las posibilidades de ser cada vez más cuestionador. El artista se debate entre las reinterpretaciones de su yo individual y del universo espacio temporal en el que su vida transcurre, atravesando los retos de complacer a un público que compra su arte, de satisfacer a una crítica que crea estados de opinión permaneciendo fiel a sí mismo.
Las redes sociales han posibilitado la comunicación directa y globalizada del creador con el público, sin embargo, otros artistas más tímidos o tradicionales, prefieren mantener su obra oculta hasta su próxima y soñada exposición. La IA puede “crear” obras de “arte”, pero ella también es un invento humano, detrás de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial, están las personas que las puedan orientar, alimentar, dirigir y controlar, evitando que el azar, la ambición o los errores de cálculo no se conviertan en variables que lleven a un desastre que algunos predicen.
Hoy los artistas, hombres y mujeres, tienen un mundo inmenso que puede servir como fuente de inspiración para cada una de sus obras. Un universo que transformar, en el que dejar su huella perdurable, dejando un mensaje positivo y transformador para las futuras generaciones.





