Redacción elDigital.com.do
El bumerán de la soberbia: La principal lección es contundente: las elecciones ya no se ganan únicamente con estructuras territoriales clásicas y tampoco apostando exclusivamente a la demolición moral del adversario
El estrecho triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva con el 51.7% de los votos frente al 48.2% de Flávio Bolsonaro no es solo un hito para Brasil; es una lección magistral de comunicación y estrategia para toda la región, incluida la República Dominicana.
En una contienda donde el bolsonarismo partía con la ventaja de la primera vuelta, la victoria del líder del Partido de los Trabajadores (PT) se fraguó en dos tableros interconectados: la desactivación del odio personalizado y una agresiva contraofensiva digital que arrebató a la derecha el monopolio del patriotismo.
Para un universo político como el dominicano —propenso a la polarización digital y al uso de descalificaciones en campaña—, el desenlace brasileño aporta claves fundamentales sobre los límites de la retórica del insulto y el peso de la identidad colectiva.
La campaña de la derecha apostó con agresividad a la degradación de la figura de Lula. El uso de descalificaciones personales y apelativos hirientes —como el recordado ataque de Flávio Bolsonaro llamándolo «nueve dedos» u exhibiendo chicanas escritas en la mano durante los debates— buscaba consolidar un techo insuperable de rechazo hacia el exmandatario.
Sin embargo, la comunicación política contemporánea demuestra que el insulto sistemático activa un efecto bumerán. En lugar de desmantelar las propuestas del rival, despojó al agresor de contenido programático y generó un efecto de victimización y dignidad en torno a Lula. Al cruzar la línea de la crueldad retórica, el comando de Bolsonaro terminó movilizando el voto defensivo de millones de ciudadanos que interpretaron la agresión no hacia un candidato, sino hacia la propia base social que él representa.
«Ejército de Lula», la guerra digital en WhatsApp
Históricamente, la derecha dura latinoamericana ha monopolizado los símbolos nacionales: la bandera, los colores patrios y el concepto de orden. Lula entendió que para ganar eno bastaba con discursos tradicionales; necesitaba disputarle la narrativa a la derecha en su propio terreno digital.
Aquí radica la segunda gran clave del triunfo: la creación de un «ejército digital» coordinado, conocido formalmente como el «Ejército de Lula». Liderada en redes y canales de mensajería masiva como WhatsApp por figuras como el diputado André Janones, esta estructura rompió la hegemonía digital del bolsonarismo.
Con dinámicas ágiles y misiones interactivas a gran escala, este bloque digital logró: Neutralizar las campañas de desinformación en tiempo real, disputar el uso de la bandera de Brasil y los símbolos de orgullo nacional y movilizar a más de 11 millones de nuevos votantes y así reducir la abstención en los sectores periféricos y jóvenes, un fenómeno inusual en las segundas vueltas de la región.
El canal pasó de albergar 50,000 usuarios a alcanzar más de 10 millones de seguidores en los días previos a la votación.
Frente a una derecha focalizada en el miedo a la corrupción y la inseguridad, Lula contrapuso la identidad política basada en la dignidad y la inclusión social. El mensaje poscampaña no apeló al resentimiento de clases, sino a un «ejército de la democracia, la educación y la salud».
