Maria Fals
La autora es crítica de arte
En la actualidad, los arquitectos, urbanistas y paisajistas, reflexionan sobre el papel del jardín en la conservación de la naturaleza en medio del daño ecológico y el calentamiento global y promueven la urgente necesidad de crear espacios verdes en las urbes
El arte de otorgar un marco escenográfico natural a las edificaciones que resalte su belleza, que sirva de zona de descanso, apto para la realización de actividades al aire libre en las zonas aledañas a los edificios domésticos, religiosos y civiles, nace desde la Antigüedad.
En un inicio, los jardines eran zonas de cultivo de carácter utilitario, con plantas para el consumo humano. Como el orden y la armonía de los surcos y de la disposición organizada de las plantas causaba placer a los observadores, fue surgiendo la necesidad estética de una zona confortable, sombreada y hermosa que rodeara la vivienda, con plantas no sólo alimenticias sino con flores y apariencia general que aportara belleza.
Un elemento fundamental para crear y conservar todo jardín es el acceso al agua. En la Antigua Mesopotamia y en Egipto, sus geométricos y cuadrangulares jardines estaban organizados con estanques y canales que permitieran irrigarlo. Alrededor del siglo VI A.C. se hicieron en Babilonia los famosos jardines colgantes. Estos se hicieron sobre la estructura de un zigurat, una construcción escalonada con terrazas abovedadas y un avanzado sistema de irrigación.
Según el relato, Nabucodonosor II los construyó para su esposa Amitys de Media, que añoraba el verdor y fertilidad de su región de origen en el actual Irán y por la complejidad de su ingeniería, donde se utilizaron norias hidráulicas, vigas de piedra, betún, planchas de plomo para evitar que las raíces de los árboles destruyeran los muros de ladrillos, han sido considerados una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.
El mundo islámico concebía el jardín como una representación concreta de su paraíso espiritual que permitía refrescarse en espacios áridos y de altas temperaturas, en un ambiente íntimo y cerrado, generalmente organizado en patios divididos en cuatro partes a través de canales de agua que se cruzan en ángulo recto. En ellos, los árboles, las flores aromáticas y el sonido del agua en movimiento, confortaban a los que tuvieran la oportunidad de recorrerlos. Los jardines de la Alhambra y el Patio de los Naranjos en Andalucía, España, los de Fin en Irán y los del Taj Mahal en la India, son algunos ejemplos imprescindibles de este modelo paisajístico.
En Japón, el jardín ha estado tradicionalmente muy ligado a las concepciones del sintoísmo y del budismo Zen. Con él se busca crear un microcosmos que replique a pequeña escala la esencia del mundo natural que nos rodea. Tiene cinco elementos clave: la presencia de rocas, de agua, de puentes, linternas de piedra para dar luz nocturna, y plantas como el musgo, los pinos y el bambú. Se desarrollaron diferentes variantes como el jardín zen o seco, el jardín de paseo y el jardín de té.
En la Europa Renacentista, el jardín, con sus setos geométricos, sus árboles recortados y sus fuentes donde el agua fluía y producía un sonido que calmaba el espíritu se convirtió en un elemento simbólico de poder y en un espacio cultural. En Florencia se hizo muy famoso el Jardín de los Medici, donde grandes artistas como Botticelli y Donatello, se dedicaron a trabajar sus inmortales creaciones.
A partir del siglo XVII, con la llegada del Barroco, el jardín como espacio de exaltación visual de los edificios y como extensión de las actividades humanas, se reforzó aún más. El paisajismo o diseño de jardines, sobre todo en Francia, adquirió la categoría de arte y los nombres de sus creadores pasaron a las páginas de la Historia del Arte.
Es el caso de André Le Nôtre (1613- 1700) y su diseño de los Jardines del Palacio de Versalles, quien, a través del uso de la perspectiva y la ilusión óptica, creó la sensación de un espacio infinito, dotado de árboles geometrizados, fuentes y perfectas esculturas de mármol de tema mitológico, esculpidas por grandes artistas de la época como Antoine Coysevox, François Girardon y Jean Baptiste Tuby.
En el siglo XVIII, se desarrolló en Inglaterra una tendencia de retorno al contacto con la naturaleza, de huir de los espacios urbanos contaminados por las fábricas, hijas de la naciente Revolución Industrial. Esa actitud de necesidad de identificación e integración con la naturaleza, propia del pensamiento romántico, así como la arquitectura Neopalladianista que tenía como fuente de inspiración palacios campestres italianos como la Villa Rotonda, contribuyeron al desarrollo del llamado jardín inglés.
El jardín inglés, a diferencia del francés, intenta modificar la naturaleza lo menos posible, dando la apariencia de un espacio salvaje, donde el ser humano se siente inmerso en un mundo mágico donde renovar sus energías físicas y espirituales, con ríos y lagunas reales o artificiales, pequeños puentes de madera, ruinas artificiales y glorietas escondidos entre el bosque frondoso.
A finales de siglo XIX surge el llamado esquema urbanístico de la ciudad jardín de británico Ebenezer Howard, como repuesta al hacinamiento y la contaminación de las grandes ciudades, muy aplicado en los modelos urbanos de Le Corbusier y otros arquitectos racionalistas del siglo XX. Este modelo buscaba interrelacionar las oportunidades que propiciaba vivir en las grandes ciudades como una mayor vida social y acceso a trabajos más remunerados con las ventajas del campo: espacio, aire limpio y naturaleza.
En la actualidad, los arquitectos, urbanistas y paisajistas, reflexionan sobre el papel del jardín en la conservación de la naturaleza en medio del daño ecológico y el calentamiento global y promueven la urgente necesidad de crear espacios verdes en las urbes, que sirvan para purificar el aire, drenar el agua de lluvia y evitar inundaciones urbanas donde el ser humano pueda volver a su origen, a la naturaleza de la que somos hijos.




