
Por Fernando Quiroz
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El autor es periodista
Uno de los primeros eventos documentados en la isla ocurrió en 1562, cuando un terremoto destruyó los asentamientos originales de Santiago de los Caballeros y La Vega Real.
El 4 de agosto de 1946, otro terremoto de magnitud 8.1 volvió a marcar la historia nacional, en el nordeste. Produjo el tsunami más devastador documentado en el país. Las olas alcanzaron hasta cinco metros de altura, destruyeron la comunidad de Matanzas y provocaron aproximadamente 1,790 muertes.
La actividad sísmica ha acompañado a La Española desde mucho antes de que existieran los instrumentos modernos para medirla. Los registros históricos muestran que los terremotos han dejado huellas profundas en el desarrollo de ciudades, comunidades e infraestructuras, recordando que la amenaza forma parte de la realidad geológica del territorio.
Uno de los primeros eventos documentados ocurrió en 1562, cuando un terremoto destruyó los asentamientos originales de Santiago de los Caballeros y La Vega Real. De acuerdo con el documento Fenómenos
extremos y su abordaje desde la Gestión Integral de Riesgos de Desastres (GIRD), ese episodio evidenció la actividad del sistema de falla Septentrional, una de las estructuras tectónicas más importantes de la isla.
Durante el siglo XVIII volvieron a registrarse movimientos de gran intensidad. El terremoto de 1751 afectó severamente la región sur y la ciudad de Santo Domingo, mientras que otro evento importante ocurrió en 1770. Ambos forman parte de la memoria sísmica del país y reflejan que estos fenómenos han acompañado la historia dominicana mucho antes del desarrollo de la sismología moderna.
El 7 de mayo de 1842 se produjo uno de los terremotos más significativos registrados en La Española. Con una magnitud estimada de 8.1 y un epicentro próximo a la costa norte, el movimiento generó un tsunami que afectó Cabo Haitiano y amplias zonas del Valle del Cibao, demostrando que un terremoto también puede desencadenar otros fenómenos de gran impacto.
Más de un siglo después, el 4 de agosto de 1946, otro terremoto de magnitud 8.1 volvió a marcar la historia nacional. El sismo produjo el tsunami más devastador documentado en República Dominicana.
Las olas alcanzaron hasta cinco metros de altura, destruyeron la comunidad de Matanzas y provocaron aproximadamente 1,790 muertes, convirtiéndose en uno de los desastres naturales más graves registrados en el Caribe durante el siglo XX.
El documento trabajado por la doctora Pamela Michel también incorpora el terremoto ocurrido en Haití en enero de 2010, un evento que confirmó la elevada peligrosidad de las fallas activas del sur de la isla y mostró cómo la acumulación de energía durante largos períodos puede coincidir con condiciones de alta vulnerabilidad, multiplicando las pérdidas humanas y materiales.
Ninguno de estos antecedentes permite establecer cuándo ocurrirá un próximo gran terremoto. Lo que sí demuestran es que la actividad sísmica forma parte de la historia geológica de La Española y que la preparación no puede depender únicamente de la ocurrencia de un evento reciente.
Cuando el mar también representa una amenaza
Los terremotos no siempre terminan cuando cesa el movimiento de la tierra. En determinadas circunstancias pueden generar un segundo peligro: los tsunamis.
A diferencia de las olas producidas por el viento, un tsunami se origina cuando un desplazamiento brusco del fondo marino mueve verticalmente una enorme masa de agua. Ese fenómeno suele estar asociado a terremotos de subducción, aunque también puede producirse por deslizamientos submarinos, erupciones volcánicas u otros procesos capaces de alterar repentinamente el lecho oceánico.
La configuración tectónica del Caribe hace que esa amenaza no sea ajena a la República Dominicana. La interacción entre las placas Norteamericana y del Caribe puede generar terremotos capaces de producir desplazamientos del fondo marino y, con ello, tsunamis.
El episodio de 1946 continúa siendo el principal referente histórico. Sin embargo, no ha sido el único. El documento recuerda que el terremoto de 1842 produjo un tsunami que afectó las costas del norte de la isla, mientras que el de 1751 provocó una entrada del mar en sectores del litoral sur, obligando incluso a reubicar algunas comunidades costeras. Estos antecedentes muestran que el riesgo forma parte de la historia regional y constituye un elemento que debe incorporarse a la planificación territorial y a los sistemas de alerta.
Lejos de alimentar el temor, conocer estos antecedentes permite comprender por qué las zonas costeras requieren planes de evacuación, rutas previamente identificadas y una ciudadanía familiarizada con los protocolos de emergencia. La preparación comienza mucho antes de que ocurra un terremoto.
Comprender el riesgo para reducir sus consecuencias
Uno de los principales aportes de la Gestión Integral del Riesgo de Desastres consiste en cambiar la manera de entender los fenómenos extremos. El terremoto constituye la amenaza natural, pero el riesgo surge de la interacción entre esa amenaza, la exposición de personas y bienes, las vulnerabilidades del territorio y la capacidad de respuesta de la sociedad. Bajo esa perspectiva, un desastre no depende exclusivamente de la magnitud del sismo, sino también de las decisiones que se toman antes de que ocurra.
Ese enfoque desplaza la atención desde la reacción hacia la prevención. La planificación urbana, el cumplimiento de los códigos de construcción, la protección de infraestructuras críticas, la educación ciudadana y los sistemas de alerta forman parte de una misma estrategia orientada a reducir el impacto de los fenómenos naturales.
La comunicación ocupa igualmente un lugar estratégico. Después de un terremoto es frecuente que circulen versiones sobre supuestas predicciones, audios sin identificar, imágenes tomadas de otros países o mapas difundidos sin contexto. En escenarios de incertidumbre, la desinformación puede propagarse con la misma rapidez que las noticias verificadas.
En esas circunstancias, el periodismo adquiere una responsabilidad que va más allá de informar sobre la magnitud de un sismo o el número de personas afectadas. También debe explicar qué está ocurriendo, identificar las fuentes oficiales, diferenciar hechos de rumores y ofrecer información útil para que la población pueda tomar decisiones basadas en evidencia.
Ese fue precisamente uno de los enfoques desarrollados durante el ciclo de talleres sobre innovación digital y uso de herramientas de inteligencia artificial organizado por el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).
La iniciativa promovió el fortalecimiento de las capacidades periodísticas para comunicar el riesgo desde una perspectiva preventiva, incorporando herramientas digitales para la verificación de información, el monitoreo de contenidos, el análisis de datos y la detección de desinformación durante situaciones de emergencia.
En ese proceso, la inteligencia artificial se presenta como una herramienta de apoyo, no como un sustituto del criterio profesional. Puede facilitar la organización de grandes volúmenes de información, acelerar tareas de monitoreo o apoyar la verificación de contenidos, pero la responsabilidad de interpretar los datos, contrastar las fuentes y contextualizar los hechos continúa recayendo en periodistas, científicos y autoridades competentes.
La principal lección que deja el documento elaborado por la doctora Pamela Michel es que los fenómenos extremos forman parte de la dinámica natural del planeta. Lo que determina la dimensión de un desastre no es únicamente la fuerza de la naturaleza, sino las condiciones de vulnerabilidad construidas por la propia sociedad.
República Dominicana no puede modificar su ubicación entre placas tectónicas ni impedir el movimiento de las fallas geológicas que atraviesan La Española. Sí puede fortalecer sus edificaciones, mejorar el ordenamiento territorial, consolidar los sistemas de alerta, promover la educación preventiva y fortalecer una comunicación pública basada en evidencia científica.
Comprender el riesgo sísmico no significa vivir bajo la expectativa permanente de un terremoto, sino conocer mejor el territorio, reconocer sus amenazas y desarrollar capacidades para reducir sus consecuencias.
La tierra continuará moviéndose como lo ha hecho durante millones de años. La diferencia estará en el nivel de preparación de la sociedad y en la calidad de la información disponible cuando vuelva a sentirse un temblor. Esa es, quizás, la herramienta más efectiva para transformar el conocimiento en prevención y la incertidumbre en una cultura de gestión del riesgo.
Como se destacó durante los diplomados del INTEC y la UNESCO, comprender los terremotos no evita que ocurran. Lo que sí puede evitar es que el desconocimiento aumente sus consecuencias. En un territorio donde la tierra nunca permanece completamente inmóvil, conocer el riesgo también es una forma de proteger vidas.
