Por: Julio Sesar Mateo
El autor es ingeniero civil, economista y docente universitario.
Correo: ingenieromateo@hotmail.com
La gran pregunta es: ¿un aumento de impuestos garantiza mayores ingresos? La evidencia histórica y teórica muestra que no necesariamente.
La reciente designación del nuevo ministro de Hacienda por parte del presidente Luis Abinader ha vuelto a colocar en la agenda pública el tema de una posible reforma fiscal. El objetivo sería incrementar los ingresos tributarios y, en consecuencia, elevar la inversión pública.
Esta necesidad se hace más evidente en medio de un entorno internacional incierto y de una marcada desaceleración del crecimiento económico dominicano, que apenas alcanzó un 2.4 % del PIB en
los primeros meses del presente año.
En la República Dominicana, una reforma fiscal suele ser vista como sinónimo de aumento de impuestos. Sin embargo, su esencia va mucho más allá: puede implicar cambios estructurales en las leyes y normas tributarias, buscando no solo elevar la recaudación, sino también modernizar y hacer más eficiente el sistema fiscal.
La gran pregunta es: ¿un aumento de impuestos garantiza mayores ingresos? La evidencia histórica y teórica muestra que no necesariamente. Arthur Laffer, economista estadounidense, demostró a través de su conocida curva que tasas impositivas extremas pueden tener un efecto contraproducente, reduciendo en lugar de aumentar la recaudación.
Según esta teoría, cuando los impuestos son demasiado bajos, el Estado recauda poco; pero si son demasiado altos, los contribuyentes tienden a evadir, trabajar menos o reducir la inversión. Lo ideal es encontrar un punto óptimo de imposición fiscal.
En nuestro país, existe un debate permanente sobre el nivel de algunas tasas. Muchos expertos sostienen que su excesivo peso fomenta la evasión y la informalidad. Un ejemplo es el impuesto a la transferencia de bienes industrializados y servicios (ITBIS): diversos sectores proponen reducirlo de 18 % a 14 % y, al mismo tiempo, ampliar su base, incorporando productos hoy exentos.
Algo similar ocurre con el impuesto sobre la renta: aunque es progresivo, debería ser más escalonado para no afectar en exceso a los sectores medios.
Estudios empíricos han demostrado que, bajo ciertas condiciones, reducir y simplificar los impuestos —bajando tasas o creando regímenes únicos— puede traducirse en mayores ingresos fiscales. Claro está, no se trata de una fórmula universal. Factores como el crecimiento económico, la evasión, la eficiencia de la administración tributaria y el nivel de las tasas existentes influyen en los resultados.
Los precedentes más ilustrativos provienen de Rusia, que en 2001 redujo el impuesto sobre la renta de un 30 % progresivo a un 13 % uniforme.
El cambio provocó un aumento de las recaudaciones cercano al 26 % en apenas un año. Experiencias similares se registraron en los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), que en las décadas de 1990 y 2000 aplicaron políticas de reducción impositiva acompañadas de mayores ingresos fiscales. Irlanda, por su parte, logró resultados positivos con la reducción de tasas corporativas, creando un entorno atractivo para las multinacionales.
Si bien no existe una receta única, la República Dominicana debe considerar, al momento de discutir una reforma fiscal, no solo la posibilidad de aumentar impuestos, sino también de revisarlos, reducirlos, ampliarlos e incluso eliminarlos, cuando ello pueda contribuir a un sistema más justo, eficiente y sostenible.
