Margarita Quiroz
Tristemente, la muerte a causa del dengue de dos niños, uno de 8 años y otra de 13, hijos -ambos- de médicos, fue lo que impulsó el botón de alarma para que desde el gobierno pausaran su atención a la crisis fronteriza con Haití, que desde hace más de un mes ha envuelto al país, y se percataran de la gravedad de este nuevo brote epidémico.
Salud Pública, por igual ‘se dejó envolver’, al punto de minimizar la grave situación y limitarse a realizar contadas ruedas de prensa, sin ningún accionar ni vislumbrar consecuencias, pese a tener de primera mano las estadísticas de casos, los reportes diarios de centros médicos repletos, principalmente de niños, y de medios de comunicación que dan seguimiento al tema.
Todavía ayer, miércoles, el ministro de Salud, Daniel Rivera, descartaba, en rueda de prensa, que estas muertes fueran por dengue, lo achaca a ‘eventos febriles’, como si la variable de causa da facultad o poder a exculpar.
Otra triste realidad es que a estos fallecimientos se les han puesto los refractores por los padres de las víctimas; a parte de ser médicos, no pertenecen a la clase social de los denominados ‘hijos de Machepa».
¿Mientras, qué pasa con estas familias, con las que no reciben una atención aunque sea mediática? Pues, luego, del viacrucis que enfrentan para encontrar un centro de salud donde recibir asistencia, inicia el real drama, el paso a seguir es conseguir una cama y orar para ‘correr con mejor suerte’. Hasta el momento, el país registra, según cifras oficiales, 11 muertes y casi 13 mil casos positivos de dengue. Sin embargo, las dudas surgen debido a que autoridades muestran boletines desfasados.
Justo ayer, el presidente Luis Abinader desautorizó a su ministro de Salud y lo convocó a Palacio junto a 11 funcionarios más para ‘examinar la crisis’, buscar y accionar medidas a favor de controlarla. Por lo obvio, tardías, pero como decía mi abuela Lina: «Es peor tarde que nunca», y de esos saben muy bien ‘Los hijos de Machepa’.
No olvidar, que este es un país esencialmente presidencialista. En este estilo de gobernanza hemos estado encharcados a lo largo de la historia. Las decisiones las toma el presidente pese a lo grave y no tan grave de la situación presentada.
Todo esto nos lleva a repasar lecciones que aún no terminamos de aprender. Lo primero es que el dengue es un virus endémico en el país y que cada año eleva su pico, las variaciones de temperatura, lluvias, conductas inadecuadas de las personas respecto a la prevención son condiciones propias que favorecen la dispersión del vector y la transmisión.
Históricamente, estas informaciones las conocen las autoridades pero no terminan de aprenderlas a los fines de prevenir, no lamentar. Además, conocen que si el virus del dengue se transmite a una persona por segunda vez ésta tiene una posibilidad mayor de presentar un cuadro clínico más grave.
Nos preguntamos, sí esta es una condición epidemiológica propia de República Dominicana, por qué no invertir en la formación de médicos, independientemente de que sean pediatras o epidemiólogos.
La debilidad ha estado siempre en el desconocimiento, un gran porcentaje de médicos no sabe cuál es el comportamiento del virus y el tratamiento a cumplir, además, por la intermitencia de campañas de prevención, pese a la existencia de suficientes plataformas.
La capacitación profesional de los médicos debe ser incansable, al igual que las campañas de prevención, incluso las universidades deben incluir en sus pensum de Medicina materias exclusivas para tratar virus endémicos en la isla y motivar a las investigaciones.
El médico del centro ubicado en la parte más remota del país debe conocer qué hacer frente a un caso de dengue, sin importar su especialidad. De lo contrario, permaneceremos estancados entre brotes y brotes y, peor aún, entre cifras lamentables, que deberían ser, desde hace años, prevenibles.
