María Fals
La autora es crítica de arte
El Caribe es un mar, un espacio de agua que une y que separa. Fronteras idiomáticas que dificultan la comunicación, nuevas lenguas que, como el creole y el papiamento, se forman y evolucionan a partir de una necesidad de entendimiento. Sol, arena, riqueza simbólica y sincrética, orígenes coloniales distintos, fluidez de costumbres, África detrás de cada oreja y la metrópoli en el pensamiento, sea España, Holanda, Gran Bretaña o Francia.
Sin embargo, de este caldo de cultivo, de este gran ajiaco-sancocho de culturas, paulatina y continuamente se construye un pensamiento postcolonial e identitario, donde cada uno se reconoce diferente a sus orígenes, se siente dominicano, jamaiquino, haitiano, martiniqueño, cubano, puertorriqueño. Sabe que su nación existe dentro y fuera de su propio ser individual, dando origen a un yo colectivo y a un sentido grupal.
La escuela de identidad nacional del pueblo puede ser el barrio, el caminar de los vecinos de la cuartería o del batey, la forma de pronunciar las palabras sea el “¿Qué volá? cubano o el “¿Cómo tu´ta? dominicano, envuelto en el mover de las caderas, en el toque de plena que te salva, en el amargue de la bachata, en la cadencia de la salsa o en el ritmo melancólico de un reggae. Sin embargo, con frecuencia el Caribe no se conoce a sí mismo, y va desconociendo a los otros brotes verdes que dieron lugar a nuevas ramas del mismo árbol.
Un estudiante de Publicidad, a través de materias como Historia del Arte e Historia del Diseño Gráfico, tiene referencias sobre el cartel de Henry de Toulouse-Lautrec, pero ha escuchado muy poco sobre Lorenzo Homar y Antonio Martorell quienes con su “letrismo”, han intentado recrear y transformar positivamente la realidad social en Puerto Rico.
Un estudiante de Historia del Arte de cualquier universidad del Caribe ha oído hablar de Pablo Picasso, de Leonardo da Vinci, pero mucho menos de Francisco Oller, Silvano Lora, Rosa Tavárez, Wifredo Lam, Héctor Hyppolite, Ronald Cyrille u Osmond Watson.
Son abundantes los textos digitales o impresos que analizan las artes visuales europeas o de Estados Unidos de Norteamérica y mucho más escasos cuando tienen como objeto de estudio el arte latinoamericano y del Caribe.
A esto se suman las tradicionales corrientes ideológicas hispanófilas, filo-francesas, pro-inglesas, o pro-estadounidenses, que ven en cada uno de esos centros de irradiación cultural un ideal y un referente que opaca lo propio. Como reverso, en el siglo XX surgió en Jamaica el rastafarismo, que vio en el emperador etíope Haile Selassie un Mesías, y en África el paraíso utópico del que fueron arrancados los ancestros y al que los afrodescendientes debían retornar.
Ni África, ni la cuenca del Orinoco de donde salieron los arawacos, ni la Europa actual son nuestras patrias. Constituyen, junto al Asia china, árabe y japonesa, fuentes y orígenes significativos de lo que somos hoy. Nuestra genealogía cultural es diversa, pero nos forjamos como un producto nuevo, que debe conocer y reconocer lo propio, para de esa forma poderlo amar y engrandecer.
Desde los niveles de educación inicial, básica y media, pueden introducirse en los currículos de educación artística más contenidos relacionados con el folclor y el arte dominicano y del Caribe.
En nuestras universidades dominicanas y de la región del Caribe, es importante incluir mayor número de materias dedicadas al estudio del arte dominicano, latinoamericano y caribeño ya sea en condición de asignaturas obligatorias u optativas.
De esa manera, se reforzará no sólo la cultura general de las nuevas generaciones, sino su autoestima, su sentido de pertenencia, el orgullo de ser quienes somos, que nos permitirá no solamente saber de dónde venimos, sino también comprender de forma holística quiénes somos y, apoyados en esos aprendizajes, determinar de forma cada vez más consciente hacia dónde vamos como identidades culturales de este multiverso llamado el Caribe.



