Maria Fals
La autora es crítica de arte
El tema de la Resurrección de Cristo ha sido trabajado por diferentes artistas a través de los tiempos. Uno de ellos fue Doménikos Theotokópoulos (1541-1614), conocido por su origen como El Greco, que trabajó en su país natal, en Italia y fundamentalmente en España.
Este gran pintor perteneció estilísticamente al manierismo, movimiento que se desarrolló entre los estilos renacentista y barroco, y se caracterizó por la ruptura de los cánones clásicos, entre ellos, la proporción.
El Greco, pintó en el retablo del Colegio de La Encarnación de Madrid el tema de “La Resurrección de Cristo”, junto con otras escenas de la vida de Jesús como “La Anunciación”, “La Adoración de los Pastores”, “El Bautismo” y “La Crucifixión”.
Su interpretación artística de la Resurrección realizada con el estilo tradicional del artista presenta la figura alargada y blanca de Jesús con un manto blanco y otro rojo, que alza su mano derecha mientras asciende, observado por los que lo contemplan con una mezcla de sorpresa y adoración. La figura del Cristo, que nos dirige la mirada, se eleva irradiando luz y se equilibra con la de un guardián que se precipita hacia la tierra, mientras oculta el rostro un soldado romano con su casco.
La captación de la psicología de los personajes, la transmisión del mensaje de la fe a través del gesto, la composición, la pincelada suelta, el manejo de los colores y de la iluminación en el cuadro hacen de este una de las mejores obras de arte de todos los tiempos.
Ya en el 1577 El Greco había pintado el mismo tema en la Iglesia del Monasterio de Santo Domingo el Antiguo de Toledo. En esta obra aparecía también un Cristo semidesnudo que llevaba dos mantos a su espalda, uno rojo y uno blanco. Sin embargo, la luz no salía del cuerpo del resucitado, sino que llegaba desde el cielo y lo iluminaba; en ella las líneas predominaban sobre las manchas de color y la figura de San Ildefonso aparecía a la izquierda del Cristo, quien contemplaba lo que sucedía debajo.
Las semejanzas y diferencias entre ambas obras muestran la evolución de Doménikos Theotokópoulos hacia un estilo más maduro y fervoroso, donde las figuras casi se desmaterializaron y se tornaron más espirituales, convirtiendo a este artista en un antecedente del barroco de la Contrarreforma.