María Fals
La autora es crítica de arte
El sábado 14 de marzo fue un día muy especial. Los historiadores y críticos de arte tenemos pocas oportunidades de intimar con la esencia creativa de grandes artistas, pero ayer tuvimos el lujo de poder hacerlo.
En la tarde pude visitar el apartamento-taller del maestro Manuel Montilla. Oriundo de La Romana, recuerda con el mismo placer los campos de caña mecidos por el viento de su región natal y los viñedos franceses en tiempo de cosecha, a los que iba a trabajar junto con otros artistas jóvenes.
Siempre acompañado de Nati, su esposa, compañera, quien lleva un registro minucioso de sus trabajos, recordó su etapa formativa en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Santo Domingo, la mención de honor en la Bienal de 1974, el apoyo en su vida profesional de José Gómez Sicre, la exposición en el Departamento de Artes Visuales de Washington en 1983 y su formación académica en la Academia de San Fernando de Madrid.
Pude tener en mi mano los tesoros de sus bocetos, obras de arte con autonomía propia, detalladas, mágicas, llenas de símbolos intrincados que luego se reinterpretan en espacios bidimensionales de mayor formato. Junto a mi esposo Marcos, sentí el gran privilegio de observar sus maquetas escultóricas de gran valor artístico, que se compusieron como punto de partida de trabajos monumentales, algunos realizados, otros que duermen esperando por un apoyo presupuestario que los convierta en realidad.
Observé la minuciosa labor del pintor con su pincelada en forma de semicírculo, las sucesivas capas de pintura que aplica a sus fondos luminosos de colores cambiantes, sus experimentos con la luz y el color, su habilidad para trabajar muy grandes y pequeñísimos formatos con la misma caligrafía paciente y perseverante, en la que nunca abandonó su raíz antillana, la presencia de las formas voluptuosas de un seno, de un vientre, de un envoltorio, de unos pies colocados sobre la tierra o alzados hacia el cielo, las espinas y los peces deconstruidos y el círculo que todo lo encierra.
Sus litografías exquisitas como encajes de buen gusto, con sus texturas lisas y precisas, sus acuarelas que atrapan el color en líneas reticulares, los experimentos con las distintas facetas de un matiz, su manejo de los tonos terciarios y cuaternarios donde el color puro no existe, nos condujeron a un mundo de belleza incalculable donde todo parecía posible.
El Premio Nacional de Artes Visuales, que le fue otorgado en el 2024, no es más que un justo reconocimiento a su energía vital, a la calidad de su proceso creativo y esa incógnita llamada Manuel Montilla, donde se sintetiza lo universal y lo propio, lo pequeño y lo inmenso, el talento innato y la disciplina académica, lo innovador y lo clásico, lo surreal y lo evidente, en una cosmogonía sublime que eleva al espectador a sentirse en presencia de lo trascendente.
Más tarde, tuvimos el placer de compartir con el maestro Fredie Cabral y su esposa Elena en su cumpleaños. Allí pudimos ver al artista en su museo, rodeado al mismo tiempo de algunas de las fotografías que le realizó Martín Rodríguez Amiama, que mostraban su proceso creativo y de las escultopinturas de la exposición “Rutas del ADN-ácido desoxirribonucleico”, inaugurada en diciembre de 2025 con la conceptualización y curaduría de Olga Espinal, la museografía de Robert Rosario y la coordinación general de Elena Acevedo.
Freddie Cabral es arquitecto, pintor y escultor con más de cincuenta años de labor artística. Nacido en su amado Santo Domingo, desde niño se acercó al arte modelando figuritas de barro. Estudió arte en la Escuela de Artes del Instituto de Estudios Superiores de APEC, arquitectura en la UASD y continuó su formación en Francia, trabajando y formándose también largos años en los Estados Unidos de Norteamérica. En el 2018 recibió el Premio de la Fundación Corripio por sus aportes al arte.
El maestro Freddie Cabral, mago de la cerámica, del metal, de la talla en madera, pintor de la fluidez del vuelo de las aves y del viaje de los peces entre las aguas de todos los ríos, conversó con cada uno de los presentes y nos habló del trance del artista que fluye entre dos realidades: su arte y la vida cotidiana.
Cada curva de la madera, cada espina y cada seno labrado en la forma de sus troncos alisados, o dejados tal y como Dios decidió que debían ser, la policromía de algunos de sus trabajos, contrastada con el tono natural de la madera, el escuchar, el ver, el tocar las texturas de sus trabajos fueron instantes inolvidables.
Freddie Cabral convierte en poesía palpable la materia con ayuda de sus manos prodigiosas, de su mazo y sus gubias donde el tiempo y el trabajo han dejado sus huellas, con sus pinceles prodigiosos transmuta los lienzos en ventanas abiertas a una verdad oculta que transforma con el poder de su arte en naturaleza visible.
Debemos conocer y valorar cada día más las creaciones de dos artistas que, junto a otros grandes representantes de las artes dominicanas, materializan formas, construyen espacios que nos trasladan hacia una dimensión donde se unen materia y espíritu, sueño y verdad, fugacidad y permanencia en equilibrio perfecto.


