María Fals
La autora es crítica de arte
El Museo del Prado, ubicado en un edificio diseñado por Juan de Villanueva, presentó su colección al público por primera vez en 1819. Desde ese lejano momento, ha sido sitio de peregrinación y referente cultural para artistas, amantes del arte y público en general de todas partes del mundo. Su colección, que recoge pinturas, dibujos, estampas, esculturas y piezas decorativas de diferentes épocas han sido adquiridas mayormente a través de donaciones y compras.
La exposición “El Prado en el Centro. Obras de la Colección de Arte Contemporáneo de la Fundación Amigos del Museo del Prado”, vigente en el Centro Cultural Taíno Casa del Cordón hasta finales de abril de 2026, recoge la obra de artistas españoles contemporáneos y de tres dominicanos que realizaron una residencia artística en el Museo del Prado. Se desarrolla en el contexto del Proyecto “El Prado en nosotros” que ha llevado el mensaje del patrimonio artístico universal de esa gran institución a diferentes ciudades del mundo.
En la versión actual de este evento, que se presenta en Santiago de los Caballeros, Santo Domingo, Punta Cana y Baní de forma paulatina, han colaborado en su organización y realización la Embajada de España, el Museo del Prado, la Fundación Amigos del Museo del Prado, el Centro León y la Fundación Eduardo León Jimenes, el Banco Popular Dominicano, Kahkow, el Centro Cultural de España, el Ayuntamiento del municipio de Santiago, el Ayuntamiento del Distrito Nacional, AECID Centro Cultural, el Centro Cultural Banreservas, Centro Cultural Taíno Casa del Cordón, Rainieri Centro Cultural, Centro Cultural Perelló, la ADHA, entre otras instituciones.
El eje curatorial de la muestra que se presenta en el Centro Cultural Taíno se basa en el concepto “Antes del Museo “que busca crear conexiones, diálogos intertextuales con otras visiones culturales como la nuestra a través de la observación, la experiencia sensorial y el vínculo con el entorno. Busca como hilo de Ariadna un enlace que facilita establecer la relación entre mundos y concepciones: lo espiritual, que desde tiempos ancestrales ha estado intrínsecamente ligado al arte.
El discurso de la exposición que se presenta en el Centro Cultural Taíno abarca cuatro ejes fundamentales: la relectura crítica, la apropiación y recreación de la arquitectura y el aura institucional del Museo, la reinterpretación del cuerpo y la mirada y el establecimiento de una relación personal entre el tiempo, el territorio y la memoria por parte del artista y también del espectador como co-creador de significados.
En “El Prado en el Centro. Obras de la Colección de Arte Contemporáneo de la Fundación Amigos del Museo del Prado” se pueden apreciar obras de los artistas ibéricos Gerardo Rueda, Eduardo Chillida, Manuel Rivera, Guillermo Pérez Villarta y Miquel Barceló, así como de los dominicanos Fausto Ortiz, Mayra Johnson y Polibio Díaz.
Gerardo Rueda (Madrid, 1926-1996) realiza obras inspiradas en los colores de Mantegna, de Fra Angélico, de Bellini, de Van der Weyden y de Rafael, recrea mundos abstractos y circulares donde todas las piezas encajan. De esta forma, a través de lo sígnico y lo esencial, transmite una sensación maravillosa de paz, armonía y unidad.
Eduardo Chillida (1924-2002) a través de los espacios pictóricos trabajados en negro sobre blanco, recrea efectos espaciales que en mi rememoran la estructura caligráfica de los salones del Museo del Prado, estableciendo un orden y una ruta, un paisaje y un motivo para recorrer el camino que conduce al origen de todas las cosas.
Manuel Rivera (1927-1995) utiliza también los “no colores” blanco y negro siguiendo el legado de Zurbarán y Goya. Su abstracción, gestual y potente, nos hace construir en nuestra imaginación cuerpos atormentados, acciones corporales, transparencias recreadas a través de la huella de la textura de mayas metálicas.
Guillermo Pérez Villarta (1948) se apropia y deconstruye los mensajes de obras del Museo como La fragua de Vulcano, La Venus del Espejo, Mercurio y Argos y la túnica de José para dar su propia visión de los hechos y de la esencia expresada en ellas. En un geometrismo mezclado con figuración atemporal y onírica, juega con el espacio y el tiempo ante nuestras miradas.
Miquel Barceló (1957) con su textura arenosa y sus matices dorados, blancos, ocres y negros, sus animales disecados, que viven y no viven, que por un lado se tienden sobre mesa de banquete y por el otro recorren la pradera y se reproducen, establece un juego con el espectador a través de la polisemia de su obra.
Fausto Ortiz (1970) con su portal al infinito, pretende llevarnos a otra dimensión, explora además en el símbolo cultural de lo que es para el mundo el Museo del Prado y lo convierte en una metáfora caribeña a través de la proyección de sombras sobre la estatua desafiante de Velázquez como un rito mágico que pretende unir puntos aparentemente imposibles de conciliar.
Mayra Johnson (1952) con la poética de sus archivos personales, hace conversar a una anciana con un niño en su replanteamiento de “La Tradición” de Agustín Querol. También nos trae la huella de un Jorge Pineda eterno, de lo identitario caribeño y de su mensaje particular y a la vez universal. Poesía, remembranza y lirismo son los denominadores comunes de sus obras.
Polibio Díaz (1952) enlaza su obra con las de otros artistas, rompiendo la relación espacio tiempo, conversa con Manuel Rueda en el Jardín de Fra Angélico y siente el perfume de rosas de plástico depositadas en medio de los escombros de una antigua casa familiar que la modernidad y el crecimiento urbano pretendieron borrar. Sin embargo, de las flores retornan los recuerdos familiares que mantienen viva la memoria a través del arte.
El próximo martes 17 de febrero a las 7.00 p.m. se realizará una visita dirigida a esta exposición donde se explicarán más de cerca la trayectoria artística de los participantes en ella, las motivaciones de esta experiencia artística y se promoverá un diálogo con el público presente para que la experiencia aplique el criterio de “obra abierta” de Umberto Eco, donde todos a la vez podamos ser creadores, críticos y espectadores de ese gran don que tenemos como seres humanos: la capacidad de elaborar algo llamado arte que nos sublima e invita a trascender.