María Fals
La autora es crítica de arte
Las pinturas se hacían sobre madera y muros, aplicándose a altares y a paredes, con técnicas como el temple y el fresco. Las líneas de cierre marcadas envolvían grandes planos de color, las composiciones carecían de perspectiva y los fondos eran fundamentalmente dorados o de un color plano.
La Edad Media es un período histórico que se extendió desde el año 476 D.C., cuando se produce la caída de la ciudad de Roma en poder de las llamadas tribus bárbaras, hasta el siglo XV. Para su posible final, se han tomado dos hechos históricos, el primero la toma de Constantinopla por los turcos (1453) y el segundo, la llegada de Colón a América en 1492.
Su estudio se ha dividido en tres etapas: la llamada Alta Edad Media, desde el siglo V al siglo X, la Plena Edad Media, del siglo X al XIII y la Baja Edad Media, que se extiende del siglo XIII al XV y se caracteriza por mayores avances, entre ellos el desarrollo de las ciudades, del comercio a distancia y de los intercambios monetarios.
Dentro de la Historia del Arte, la Edad Media se ha separado en cuatro etapas: la latino-bárbara (siglo V al VIII), la prerrománica (siglo VIII al X), la románica (siglo X al XIII) y la gótica (siglo XIII al XV). En cada uno de estos momentos, el arte reflejó la vida social, la cosmogonía y la espiritualidad de las personas.
Cuando el Imperio Romano fue paulatinamente conquistado, se produjo un cambio drástico en el modo de vida: se fueron destruyendo las antiguas y poderosas ciudades, abundó el nomadismo, la unidad territorial y política se fragmentó, ocurrieron fuertes enfrentamientos por el dominio de territorios y predominó una economía agraria.
La situación descrita anteriormente, influyó en el período latino-bárbaro en la escasa utilización de la arquitectura en piedra, en el olvido de los avances constructivos, escultóricos y pictóricos anteriores y en el desarrollo de un arte de fácil transportación, donde reinó la orfebrería.
Ya en el prerrománico, con el imperio visigodo en el Norte de España y el de los francos en Francia, la arquitectura en piedra resurgió con fuerza, los mobiliarios se volvieron permanentes y se desarrolló más la escultura y la pintura.
Las construcciones de este período se caracterizaron por su pequeñez, por sus fuertes muros, sus ventanas pequeñas y abocinadas que evitaban que los muros se debilitaran, por la presencia de contrafuertes que reforzaban las paredes. En Asturias se conservan dos iglesias sumamente representativas del Prerrománico: San Miguel de Lillo y Santa María del Naranco.
El románico tuvo su cuna en Francia e Italia, desarrollándose primeramente en Borgoña, Normandía y Lombardía. Su fortalecimiento y expansión fueron impulsados por los monjes constructores de las Abadías de Cluny y de Císter, así como por las peregrinaciones y las guerras religiosas.
La arquitectura románica ganó algo más de altura y perfeccionó las ventanas abocinadas, los arcos de medio punto, las bóvedas de cañón y de aristas, los muros gruesos que se habían usado en el prerrománico. Predominaron en ella los planos de cruz latina, con una o tres naves. Ejemplos importantes de edificios religiosos de este estilo son la iglesia de Saint Etienne de Nevers y la basílica de Saint Sernin en Toulouse.
En el románico, la escultura y la pintura fueron fundamentalmente religiosas con carácter anónimo. Las tallas en piedra se utilizaron como decoración de la arquitectura y se ubicaron en las arquivoltas de las puertas de entrada, en los capiteles de las columnas, en los dinteles y en las criptas. Las imágenes eran toscas y desproporcionadas, con ojos grandes y rostro duro.
Las pinturas se hacían sobre madera y muros, aplicándose a altares y a paredes, con técnicas como el temple y el fresco. Las líneas de cierre marcadas envolvían grandes planos de color, las composiciones carecían de perspectiva y los fondos eran fundamentalmente dorados o de un color plano.
En el gótico, la sociedad feudal, monástica y rural fue poco a poco sustituida por otra de carácter más urbano y burgués. Las ciudades crecieron con fuerza y se convirtieron en poderosos centros culturales y de intercambio comercial. En ellas, las cofradías o asociaciones de artesanos elaboraron un arte de carácter religioso donde lo humano tuvo una fuerte presencia.
La visión sobre Dios había cambiado, se buscó lo elevado y lo sublime, representando la lucha entre la oscuridad y la luz, a través de la alternancia de espacios iluminados y sombríos. La altura y extensión de las catedrales se tornan gigantesca, los contrafuertes se separan del muro, conjugándose con los arbotantes y los pináculos.
Los arcos ojivales se multiplican, desarrollándose hermosas y complejas bóvedas de crucería gótica, el muro se adelgaza o desaparece con la llegada de los ventanales de tracería, lográndose el equilibrio a través de la armazón perfecta de los arcos, bóvedas y columnas.
En la medida en que se sustituyeron los muros por vitrales, el espacio para realizar murales disminuyó y se hizo más abundante la pintura sobre madera. En ella fue resurgiendo la perspectiva, el modelado del claroscuro fue más natural, las figuras alargadas se hicieron más proporcionadas, expresando emociones a través de la risa y del gesto. Un pintor muy destacado de esta etapa fue el italiano Giotto, cuya obra, El Beso de Judas, transmite de forma precisa el tema representado.
Las esculturas se hicieron en piedra, en madera, en marfil. La iconografía de la Virgen con el Niño fue muy abundante, tanto en la pintura, como en la escultura. La dulzura de la Madre de Dios fue poco a poco sustituyendo al rígido Cristo Pantocrátor, típico del románico. Las simbólicas y funcionales gárgolas fueron también típicas del arte gótico.
De lo pequeño a lo inmenso, de lo rústico a lo perfecto, de lo bajo a lo elevado, de lo grueso a lo desmaterializado, de una iconografía severa a otra cargada de amor, fue el camino recorrido por el arte medieval, patrimonio cultural de todos los seres humanos.