María Fals
La autora es crítica de arte
Es gestora cultural, practica el trabajo colaborativo y fomenta la integración de las artes en pro del mejoramiento humano.
Lena Gal es portuguesa. Nació en la isla de San Miguel, en las Azores. Directa, sencilla, abierta en su
trato, tiene la transparencia del mar plateado que observo ahora desde las ventanas de su casa. Lena
alumbra, se viste con su arte, proyecta positivismo y delicada fuerza.
Tiene una amplia trayectoria artística que incluye exposiciones individuales en Portugal, Austria, Francia, Estados Unidos de América y Alemania. Ha participado en muestras colectivas en Las Palmas de Islas Canarias, en Barcelona, en Providence, en New York, Estocolmo, Buenos Aires, entre otras ciudades.
La Casa Lena Gal, que recoge parte de su significativa obra, fue inaugurada en la calle de la Estrella en San
Miguel, Portugal el 30 de junio de 2012. Es gestora cultural, practica el trabajo colaborativo y fomenta la integración de las artes en pro del mejoramiento humano.
Ha recibido importantes premios y reconocimientos, como el Diploma a la Excelencia Femenina del Proyecto Internacional “A better world for our children”, la mención de honor de la Casa de Representantes del Estado de Rhode Island, EE.UU, la Medalla de Oro Millenium of Excellence Grand Prix, Art 2000 International Bienal, Unet, Francia, y es miembro superior académico de la Academia Internacional de Artes, Letras y Ciencias “Greci Marino”, Italia.
Lena ama a los perros, acoge a los gatos abandonados en su patio-jardín, al hablar te observa con una mirada profunda que lo capta todo. Vio la luz allí donde los volcanes hicieron nacer nueve ínsulas hermanas, besadas por el océano, el cielo y el sol bermellón de sus atardeceres únicos. En Lisboa estudió diferentes técnicas del grabado, dibujo, pintura, escultura y desarrolló su innato interés por el arte, ese que nació de sus trazos sobre la tierra húmeda y del modelado de las figuras de barro donde recreaba su mundo imaginario infantil.
Lena pinta a las guardianas de los campos, a esas que criban los granos de cereal, a las que siembran la tierra, a las que derraman su sudor sobre los surcos. Ha recreado también a las pescadoras que hacen de las profundidades azules el origen del sustento de su familia, de su propio cuerpo y, sobre todo, de su
alma. Los pies de sus campesinas se agrandan como torres de fluidas líneas que nos envuelven sin asfixiarnos, las ninfas de las aguas se funden con el ambiente en el que viven, son parte de los corales, de los abanicos de mar.
De pronto, en algunos de sus lienzos, los tonos ocres asaltan al observador, las pupilas de sus musas se entristecen y los labios se convierten en una curva descendente para hablarnos del dolor, del sufrimiento, de la violencia que los hombres o la vida han ejercido sobre ellas. Luego la paz vuelve con un toque de introspección y misterio, con azules y rosas muy personales, donde todo parece convertirse en silencio.
Lena trabaja a las mujeres vestidas y también a las desnudas, sean jóvenes o mayores. Las caderas son anchas, el cabello va a veces tenso, otras cayendo en mechones sobre sus rostros. Introduce en ocasiones breves textos poéticos que coloca sobre la faz de sus seres. Sus féminas, con o sin rostro, con los ojos abiertos o cerrados, en preñez o en virginidad monástica, en la luz o en la sombra, dibujadas o habitando entre la cera de la encáustica, amadas u olvidadas, nos inducen a acercarnos a la Madre Universal, a un yo colectivo del que todas, pero también todos, somos parte.
El devenir de la línea y el pigmento, la entereza de lo aparentemente frágil, lo espiritual y sanador se perciben en cada uno de sus lienzos, en cada papel con sus huellas, en los formatos grandes o pequeños que trabaja, y que dejan entrever el interior de su magia.
Al conjuro de su arte viajamos en el tiempo, visitamos a las místicas de la Edad Media y a las damas cotidianas de su entorno, en una intimidad que nos permite convidarlas a confiar unas en las otras, a navegar a través del infinito, para ser parte de un diálogo eterno de antinomias donde lo femenino y lo masculino se integran a través de la libertad, del amor, de la belleza y de la fe.




