María Fals
La autora es crítica de arte
A través de la historia los artistas han plasmado en su arte el tema de la maternidad. En las pinturas del mesolítico se puede observar una madre que lleva de la mano a su hijo y el interior del vientre en gestación de los animales que traerán nueva vida al mundo.
Desde la Edad Media en Occidente, el tema de la virgen con sus hijo se convirtió en una constante en el arte religioso cristiano, tanto en la pintura como la escultura. En el Románico, las vírgenes se pintaban en las paredes y se tallaban en madera, también en el arte de Europa del Este se pueden observar numerosos íconos representando esa maternidad sagrada que trajo a la vida terrenal a la “Luz del Mundo”.
En el arte gótico, esta representación se convirtió en un tema protagónico. Jean Van Eyck en Flandes, Cimabue y Giotto en Italia y numerosos artistas anónimos en España y Alemania, representaron el amor de María hacia su hijo Jesús.
Las paredes de las catedrales góticas francesas están decoradas con sonrientes vírgenes acompañadas de su hijo. A fines del gótico Jean Fouquet pintó La Virgen con niño y ángeles, utilizando tonos intensos y arbitrarios, adelantándose muchos siglos a Gauguin y a los fauvistas.
En el Renacimiento, Fra Filippo Lippi recreó el tema, captando la transparencia de un velo y el realismo de los rostros, Leonardo lo llenó de misterio a través de María e Isabel en La virgen de las rocas y Rafael lo colmó de dulzura, luminosidad y belleza en La virgen del Jilguero.
Poco a poco, el arte se independiza del tema religioso y en el siglo XVIII, Madame Vigée Lebrun se representó junto con su hija en 1786 y en 1789, mostrando los cambios de la niña por el paso del tiempo y la permanencia del amor maternal. También retrató a numerosas mujeres acompañadas de sus hijos como Ana Stroganova y la condesa de Von Schönfeld.
Mary Cassatt, pintora norteamericana de finales del siglo XIX, pintó repetidamente la maternidad, destacándose a través de obras como Madre joven cosiendo y El baño del niño donde existe armonía entre la línea y la pincelada suelta propia del impresionismo.
Ya en el siglo XX, el mexicano Diego Rivera, en su pintura cubista Angelina y el niño (1916), fragmenta en formas geométricas las siluetas, permitiendo que podamos observarla desde diferentes ángulos. La figura de Angelina inclina la cabeza para observar a su hijo, así el artista utiliza la forma cerrada para dar sensación de amor, integración y unidad, ya que la representación de lo



