María de las Nieves Fals Fors. M.A
Historiadora del Arte. Crítica de Arte

Conocí en persona a la artista Lily Ayala hace unos meses, en una de mis frecuentes visitas al CODAP. Allí, sentadas en el patio, rodeada de sus peces que flotaban al aire como cintas de colores de recuerdos, pude ir descubriendo poco a poco la energética y potente magia de esta artista.
Degustando el mejor pastel en hoja que he probado, conversando de la participación de las mujeres en proyectos artísticos, de crítica de arte, de artículos de prensa y de otros temas, pude conocer de cerca sus conceptos e ideas.

Inquieta, perfeccionista, constructora de sueños, intuitiva, femenina y con la vibra del fuego ancestral de los orígenes, esta mujer, nacida en la Barahona del mar y la montaña, nos invita a viajar al espíritu del arte, a la búsqueda de la perfección estética, trocando lo abandonado, lo roto, en multiversos cargados de brisas y de sal. En sus murales, hechos con figuras de cerámica, madera, metal o plástico, lo útil y lo bello se conjugan para hacer un todo visual y conceptual de gran impacto.
Amante de lo fluido, del gran formato, de la modificación de espacios a través del arte-objeto, puede cubrir una pared de círculos de colores, reflejos de unidad en la diversidad, concebir una flor desgarrada de esperas, santificar sin saberlo una figura morena, construir un banco que a la vez se hace mesa y crear un propósito, un por qué ser y hacer.

Revisando su trayectoria artística se aprecia su exposición en la Galería de Arte de la Fundación Global Democracia y Desarrollo del 13 de mayo de 2014, denominada “Lily Ayala buscando nombre”.
La participación del público como cocreador de la obra y de su mensaje, está explícito en este sugerente título. En ella, en una especie de Performance, los observadores debían sugerir el nombre de esa muestra, reconstruyendo en su interior el diálogo que hicieron con los discos compactos, botones, plásticos reciclados y agujas convertidos en arte en ese espacio ideal.

Otro hito importante en su trayectoria fue “In the Owen”, su segunda muestra individual, presentada en Río II Gallery, Nueva York en diciembre de 2014. En ella, además de sus objetos y murales, se presentó un performance por parte de su hija, Cindy Sosa, bailarina de danza moderna y de ballet, en ese criterio dadaísta de arte único, donde danza, música y artes plásticas se mezclaron e hicieron al público participante sentir, reflexionar e imaginar.
Su tercera individual, “500 grados”, inaugurada el 26 de junio de 2015 en la Torre Empresarial IIRD en la Avenida Sarasota, fue otro momento importante en su evolución. En ella utilizó discos compactos reciclados y fundidos a 500 grados, imbricándolos con metales para elaborar objetos de colores brillantes y atractivos.
Algo de totémico, de espiritual y de panteísta se capta y siente en su obra. Lily, sin proponérselo, puede hacer una figura morena con labios gruesos y líneas radiales, nacida entre círculos de amor sobre un fondo violeta y amarillo. Se puede leer en ella un Cristo negro, una deidad africana, una referencia ancestral al más profundo de los secretos, sin que su creadora lo hubiera elaborado conscientemente con ese propósito.
La referencia al pez es un símbolo de amor, retorcido y sufriente, pero hermoso en su entrega de fe. Dos figuras verticales concebidas con cuadrados concéntricos que sirven de base al óvalo de lo femenino y un rombo que contiene la llave o la cerradura, son los principios masculino y femenino de un yin y un yan eternos que nos permiten el equilibrio del mundo.
Una dama lograda a través de pequeños recuadros, erguida sobre frágiles piernas recicladas, sin rostro, grandiosa y fragmentada es también un producto de su espíritu andariego de artista eternamente adolescente. Bancos donde esperar el retorno de lo bueno, donde descansar el alma y tomarnos un café iluminados por una lámpara recién nacida, ese es el espacio compositivo
tridimensional y eterno de una Lili Ayala siempre en búsqueda de lo nuevo.
Su arte, en fin, es una invitación a vivir sin restricciones, a cuidar de la naturaleza, a integrarnos a ella como parte de este mundo, siendo ésta nuestra madre y nuestro padre, nuestro alfa y omega, entorno nutricio en el que vivimos y hacemos. Es un reto para transformarnos, para darnos sin ambages y trascender entre colores al rescate de lo eterno.
