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Disfrazados de apariencia

Petra Saviñón Ferreras

Como si no le concerniera saber dónde dejó la brújula, esta sociedad mueve sus aspiraciones, sus intereses arrastrada igual que Vicente, a dónde va la gente.

Así autómata camina en medio del consumismo como si no notara que ese fuego la devora.

Su pobreza es tal que necesita presumir los bienes materiales, excluir a los que no quepan en su lista de privilegiados, gritar qué tiene sin reparar en quién es.

Por eso, esta sociedad de apariencias precisa colgar en las redes sociales, comentar en el barrio, en la escuela, gritar a todo pulmón dónde y por quién fue invitada a vacacionar.

Que el mundo sepa cuánto le costó la ropa que lleva puesta, qué comió en aquel restaurant caro donde, lógico, no olvidó el Selfie.

Requiere que todos oigan de su intensa vida de ficción, porque carece de la otra, de la de verdad y prefiere seguir con la máscara para no enfrentar su propio rostro desencajado por la falta de autonomía.

Así va sumida en ese abandono que pretende vestir de plenitud, embutida en esa miseria que la convierte en mendiga de lo más elemental, que la despoja de la riqueza más enorme: la capacidad de vivir sin que le muevan los hilos.

Pero lo prefiere a dejar de lado toda esa parodia y asumir que esas poses no son más que miedo a perder lo material porque lo necesita para cubrir la carencia de no saber quién es ni hacia dónde va.